Hace un par de días charlaba con un lector de mi blog, y sin embargo amigo, acerca de mis sistemáticos ataques a todo lo que tenga que ver con: subvenciones, apoyo institucional, ayudas, incentivos, etc… y apuntaba que no parecía que debiera quejarme puesto que había recibido diferentes reconocimientos, alguno de ellos de cuantioso valor económico y la gran mayoría de ellos de gran calado, lo que se traducía, necesariamente en apoyo institucional.
Ante el desconocimiento que demostró tener, le explique que no todo es lo que parece. En primer lugar le aclaré que no creía que las empresas tuvieran que recibir subvenciones o ayudas porque sí, es decir, no existe ninguna obligación de la administración a subvencionar la actividad de los empresarios privados, nunca antes se hizo con tanta profusión como lo anuncian ahora y hay grandes empresas que nacieron de la nada y con el esfuerzo de sus propietarios, sin más ayuda que eso. En mi caso, mi queja más bien nacía de diferentes compromisos que habían alcanzado conmigo (hasta en tres ocasiones diferentes) y que sistemáticamente había incumplido escudándose en otras tantas razones, todas ellas igual de ridículas.
De alguna forma intenté explicarle que, de la mayoría de reconocimientos que había recibido, habían sacado rendimiento personal todos aquellos que me habían rodeado más que yo, y que de aquellos que tenían una “cuantiosa” prestación, sólo habia recibido un 20%, que además era a devolver en tiempo determinado.
Llegué tarde a la conclusión de que a todo el mundo interesaba que mi empresa fuese “grande”, excepto a mi, así que cuando plantee si me prestaban ayuda o daba un paso atrás, prefirieron lo segundo… lugar donde me encuentro ahora.
Por cierto, cada vez que me habían negado ayuda, al leer o escuchar por teléfono la negativa, me volvía a la mente aquella frase que te decían las chicas cuando decidían que les gustaba más tu amigo: Lo siento, no eres tu, soy yo que…